
La Burocracia de la Tortura en Venezuela: Una Realidad Alarmante
La tortura, lejos de ser un vestigio del pasado, resurge en Venezuela como una herramienta del Estado.
Hubo un tiempo —o quisimos convencernos de que lo hubo— en que la tortura parecía un fósil moral, una reliquia del siglo XX sepultada bajo los escombros de los totalitarismos europeos y las transiciones latinoamericanas. Se estudiaba en seminarios, entre notas al pie y bibliografías prolijas, como si el dolor administrado por el Estado fuese una superstición abolida por la modernidad jurídica. Sin embargo, la realidad venezolana es diferente. Según El Nacional, a medida que la retórica revolucionaria prometía redención histórica y justicia social, el subsuelo del país comenzó a poblarse de nuevas evidencias que revelan la pervivencia de una antigua vocación humana por la crueldad. En las mazmorras de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM), los relatos de tortura, maltrato y abuso se han multiplicado. Las víctimas, en su mayoría jóvenes que se oponen al régimen actual, relatan cómo la barbarie se ha convertido en una práctica sistemática bajo la justificación del control social. Este fenómeno se inscribe en un contexto más amplio de crisis humanitaria y violaciones de derechos humanos en Venezuela, donde la impunidad de los perpetradores parece ser la regla, mientras que la comunidad internacional observa con creciente preocupación. La permanencia de la tortura en el arsenal del Estado es un recordatorio perturbador de que la lucha por los derechos humanos en Venezuela aún está muy lejos de terminar.


